Volver a la edición
Nevaco Global
13 de septiembre de 2026

La trampa de Calipso en Ceuta

Cargando análisis estratégico...

Anterior a la boga reciente de 'La Odisea' es el uso de la expresión «trampa de Calipso», en el lenguaje político, como metáfora referida a situaciones de cómoda dependencia que terminan paralizando a un actor. La imagen se inspira en el pasaje homérico en que la ninfa Calipso retiene a Ulises mediante la seducción y una promesa de inmortalidad que le mantiene aislado, durante años, en el islote de Ogigia. Esta expresión encajaría bien para describir una realidad de la que Europa ha despertado abruptamente. Hoy quedan pocas dudas: la presión migratoria no es solo un fenómeno social, se ha convertido en un arma geopolítica, una herramienta de guerra híbrida. Rusia induciendo crisis migratorias en Polonia y Lituania, Turquía facilitando el desbordamiento de las fronteras griega y búlgara, nos lo venían advirtiendo. Hasta que Europa ha acabado por tomar conciencia de que, para garantizar su seguridad, debe recuperar el control de sus fronteras. El Pacto de Migración y Asilo, y otras reformas más recientes, se orientan a facilitar a los Estados miembros la activación de políticas responsables: era imposible continuar externalizando el control de los flujos migratorios y, al mismo tiempo, predicar la 'autonomía estratégica' europea en otros terrenos. La soberanía migratoria pasa por una estrecha solidaridad en la firmeza de todos los Estados de la Unión: diplomacia estratégica y no dependencia. Lamentablemente, el Gobierno español quedó descolgado de esta posición común y ahora pagamos el precio: nuestra subordinación claudicante a Marruecos en el control fronterizo es una debilidad explotada que prolonga nuestra vulnerabilidad.

La crisis de Ceuta nos ha sorprendido aislados, amodorrados en brazos de Calipso. Y en el peor momento: precisamente cuando el valor geopolítico de los estrechos está alcanzando su máxima cotización histórica. La lucha por Ormuz continúa mientras la guerra en Ucrania se cronifica, las alianzas occidentales convulsionan y la economía global se fractura con aranceles y sanciones. No se vislumbra un equilibrio estable en un futuro próximo. El orden posterior a la Guerra Fría se definía por la hegemonía y la integración. Las alianzas amparadas por Estados Unidos proporcionaron estabilidad geopolítica. La globalización trajo una creciente interdependencia económica y financiera. El mundo parecía converger hacia valores democráticos. Se quiso evitar el regreso de la rivalidad entre grandes potencias mediante la disuasión militar y la integración económica. Pero cada aspecto de ese sistema está siendo desafiado y transformado. El choque llega cuando los estados revisionistas –China y Rusia, así como Irán y Corea del Norte– atacan la influencia y las alianzas occidentales en todas las regiones clave de Eurasia. Rompiendo las reglas, ya sean la libertad de los mares o las interdicciones al expansionismo territorial.

La interacción de estas tendencias puede producir una gran variedad de futuros posibles. Pero algo es seguro: quien quiera existir en cualquiera de ellos como sujeto histórico tendrá que haber demostrado coherencia, realismo y lealtad en su acción exterior. La posición geográfica de España en el estrecho de Gibraltar y su naturaleza de nación occidental deberían orientar una política de prudente firmeza, anclada en realidades permanentes, y no en 'flatus vocis' que se lleva el viento. Vivimos un cambio de era y, en semejante contexto, proclamar que se está «en el lado correcto de la historia» no impide ser expulsado de ella para quedar reducido al rango de campamento provisional en que alguna vez habitó un pueblo.

En este sentido, debo referirme a las palabras del presidente del Gobierno, manifestando su decisión de actuar en Ceuta «haciendo lo contrario de lo que se hizo en Perejil». Lo comprendo perfectamente y no puedo estar más de acuerdo: en aquella ocasión, España defendió su integridad territorial, plantó cara a Marruecos y se hizo respetar. Justo todo lo contrario de lo que este Gobierno lleva años haciendo.

El señor Sánchez presume de haber visitado Ceuta más veces que nadie. No discutiré ahora esa manera de medir al peso la solidaridad. Solo me permitiré apuntar que, en su plaza de la Constitución, la ciudad autónoma alza una imponente estatua de bronce de la ninfa Calipso, de cinco metros y medio de altura, obra de Ginés Serrán. Es el recordatorio físico del vínculo histórico entre Ceuta y Perejil. El caso es que el helenista francés Victor Bérard sostenía que la Odisea era un fiel reflejo de las rutas marítimas fenicias y, tomando como referencia la descripción de la cueva del islote, identificó Perejil con Ogigia, la morada de Calipso, donde, como digo, Ulises permaneció preso de un chantaje durante siete años, casi dos legislaturas.

Existe un curioso artículo de Unamuno, de 1902, comentando la tesis de Berárd. Don Miguel se entrega a su manía etimológica, y remitiéndose al verbo griego 'kalypto' (ocultar o esconder), argumenta que la isla de Calipso significaba la «isla del escondrijo» (por su cueva). Los fenicios habrían traducido este concepto, derivando el término en la palabra 'I-spania'. Según esta hipótesis, el nombre del islote de Perejil acabó bautizando a toda la península: «Aquí tenemos al padre de España, al que le dio nombre y con él individualidad entre las naciones».

La topografía de Berárd y el capricho filológico de Unamuno podrán ser más o menos fantásticos. Lo que ya no es ninguna fantasía es que una importante extensión de nuestro litoral sur escapa al control del Estado, proliferando los 'escondrijos' de un narcotráfico que, cada vez más, opera a sus anchas. Tampoco es ninguna especulación caprichosa constatar que, a uno y otro lado del estrecho, este Gobierno ha fragilizado hasta extremos inconcebibles la posición de España en un punto geoestratégico clave en el mundo de hoy.

Y, desde luego, no fue ningún arbitrio arrogante de mi Gobierno ser leal al mandato recibido y haber preservado la «integridad territorial» de la nación. Tuvimos siempre presente que su soberanía es coextensiva a sus fronteras, impregna cada palmo del territorio. Incluidos los islotes deshabitados cuando alguien trata de hacerlos banco de pruebas donde medir nuestra voluntad de sostenerla. Porque defender la soberanía española en Perejil, Ceuta o Melilla, o en cualquier otro punto del territorio nacional, no es otra cosa que mantener nuestro «nombre e individualidad entre las naciones». Ningún Gobierno puede disponer de España, porque no es suya: la recibe en fideicomiso para entregarla acrecentada. Olvidarlo es traición.

José Manuel, apicultor: «Un kilo de miel por 8 euros no refleja todo el trabajo que hay detrás. No nos valoran»

Grison, sobre Iker Jiménez y 'Horizonte': «Cuando hay situaciones de crisis, este tipo de discursos crece»

Fabiola Martínez denuncia la situación de su hijo: «Solicito al Gobierno un planteamiento»

Continúa la lectura estratégica

Accede a la nota completa y mantente a la vanguardia de los movimientos financieros globales.

Leer artículo en Nevaco Global

Nevaco Report — Monitoreo en tiempo real de mercados globales y análisis macroeconómico.

También podría interesarte