El Panamera lleva más de una década intentando resolver una contradicción bastante alemana: cómo hacer una berlina de casi cinco metros y dos toneladas que siga sintiéndose como un Porsche. Y, aunque la fórmula nunca ha sido perfecta –ni especialmente elegante en sus primeras generaciones–, ... sí ha acabado encontrando un público muy concreto: directivos con pie pesado, clientes del 911 que necesitan cuatro puertas y mercados como China o Estados Unidos, donde el lujo todavía se mide en centímetros de batalla y cifras de aceleración.
En esta tercera generación, Porsche vuelve a insistir en esa idea con dos versiones que representan extremos distintos del mismo concepto: el GTS como interpretación más purista y el Turbo S E-Hybrid como demostración tecnológica sin complejos.
El Turbo S E-Hybrid es, sobre el papel, una barbaridad bastante difícil de justificar racionalmente. Un V8 biturbo de 4 litros combinado con un motor eléctrico para entregar 782 CV y 1.000 Nm en una berlina híbrida enchufable que hace el 0 a 100 en 2,9 segundos. Son cifras más propias de un hiperdeportivo que de un coche pensado para ir a una reunión o recoger a alguien del aeropuerto.
Porsche ha rehecho parte del sistema híbrido y de la caja PDK de ocho velocidades para soportar semejante par, y además ha conseguido aumentar la autonomía eléctrica hasta unos razonables 88 kilómetros. No deja de ser curioso que, mientras Porsche intenta vender electrificación como futuro inevitable, sus eléctricos están funcionando muy por debajo de lo esperado y modelos como este sigan demostrando que el cliente de alto rendimiento todavía quiere un V8 sonando delante.
Dinámicamente, el Panamera sigue jugando en una categoría extraña. No tiene la ligereza ni la comunicación de un deportivo pequeño, pero tampoco transmite la desconexión típica de muchas berlinas de lujo ultrapotentes. La suspensión Active Ride del Turbo S parece casi un truco de ingeniería: elimina gran parte del balanceo y mantiene la carrocería plana incluso cuando el coche entra en curvas rápidas con una velocidad absurda para su tamaño. El resultado no es tanto una sensación «analógica» como una impresión constante de capacidad infinita. Más que divertido, impresiona. Y probablemente ese sea exactamente el objetivo.
A nivel de diseño, Porsche sigue refinando una silueta polarizadora. El Panamera actual ya no tiene ese aspecto extraño y desproporcionado de la primera generación. Los Turbo mantienen la estética más agresiva con detalles en Turbonite y un tratamiento casi monocromático bastante sobrio. Todo está muy bien ejecutado, aunque también transmite cierta sensación de continuidad. Porsche lleva años perfeccionando el mismo lenguaje visual porque sabe que sus clientes no quieren sorpresas.
Porsche presenta el Panamera más potente de su historia justo en un momento delicado para la marca. 2025 ha sido un año complicado financieramente, con el impacto de los aranceles estadounidenses y unas ventas eléctricas muy por debajo de las previsiones, especialmente en modelos como el Taycan. En ese contexto, el Panamera Turbo S E-Hybrid parece casi una declaración involuntaria: cuando Porsche necesita recordar quién es realmente, vuelve al V8, a Nürburgring y a fabricar coches absurdamente rápidos para carretera abierta.
Y luego está el precio, claro. El Turbo S E-Hybrid supera los 237.000 antes de empezar a jugar con opciones, algo prácticamente inevitable en Porsche. Son cifras relativamente normales dentro de un segmento donde el lujo y las prestaciones ya han perdido cualquier conexión con la lógica. Pero no se engañen: el Panamera nunca ha sido un coche racional.
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