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El fenómeno ya se confirmó en el país y podría intensificarse durante los meses decisivos para la campaña agrícola. Para la Argentina, mayores precipitaciones podrían elevar la producción y las exportaciones, aunque los excesos también podrían afectar los rindes, la logística y la oferta de divisas.
El Niño podría sostener la producción y las exportaciones argentinas, aunque los excesos de lluvias y las sequías en otros países agregarían presión sobre los precios de los granos y los alimentos.
El Niño dejó de ser una posibilidad y ya se manifiesta en el sur de Sudamérica, mientras los principales centros de pronóstico aumentaron las probabilidades de que alcance una intensidad fuerte o muy fuerte. Por eso, en la Argentina comienzan los preparativos ante un posible exceso de precipitaciones, tanto para reducir los riesgos sobre la población como para evitar pérdidas productivas y daños sobre la infraestructura.
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Sin embargo, el fenómeno no tendrá el mismo efecto en todas las regiones. Mientras la Argentina, Uruguay y el sur de Brasil podrían recibir lluvias superiores a las normales, otras zonas de Sudamérica, Estados Unidos, Australia, Asia y África enfrentan riesgos de sequía.
En consecuencia, su impacto sobre los principales centros agrícolas podría modificar la oferta y los precios de la soja, el trigo y el maíz, además de otros productos vinculados con la inflación alimentaria, como el azúcar y el cacao.
De esa manera, el balance para la Argentina dependerá del equilibro dos fuerzas. Por un lado, una mejora de los precios internacionales y de la producción local podría elevar las exportaciones y el ingreso de dólares.
Por otro, una reducción de la oferta mundial presionaría sobre los alimentos, mientras un exceso de lluvias en el país podría recortar la cosecha y limitar el beneficio exportador. Especialistas en clima, agroindustria, economía y comercio internacional explicaron qué puede ocurrir durante los próximos meses.
La primera certeza es que el fenómeno ya comenzó. José Luis Stella, climatólogo del Servicio Meteorológico Nacional, explicó a Ámbito que “ya estamos en El Niño” y que el cambio en la circulación sobre el sur de Sudamérica ya provoca lluvias y nevadas en la cordillera, junto con un aumento de la humedad y las temperaturas en el norte argentino.
A su vez, la mayoría de los centros de pronóstico prevé que desde la primavera crecerá la probabilidad de un episodio fuerte o muy fuerte. Según Stella, el calentamiento podría superar los 2 °C de anomalía y, si sobrepasa aproximadamente los 2,5 °C, alcanzaría la categoría más alta.
No obstante, Alfredo Elorriaga, consultor de GEA de la Bolsa de Comercio de Rosario, advirtió que los modelos todavía no permiten equiparar esas proyecciones con episodios anteriores. Aunque algunas estimaciones muestran valores mayores, sostuvo que “no podemos asegurar” que impliquen efectos superiores a los eventos de 1992, 1998 o 2016. De todos modos, consideró probable que durante el verano se superen los 2 °C.
Además de la intensidad, el impacto dependerá de la región. En este sentido, Stella ubicó la señal más marcada en el norte del Litoral y el Nordeste, donde las lluvias podrían superar los registros habituales desde la primavera hasta el otoño.
Por eso, deberán seguirse las crecidas de los ríos y el riesgo de inundaciones, un patrón que también puede alcanzar a Paraguay, el sur de Brasil y el resto de la cuenca del Plata. Buenos Aires, Córdoba, la zona núcleo y Uruguay también podrían recibir más precipitaciones, aunque con una señal menos intensa.
En cambio, en cuanto al resto del mundo, en el norte de Sudamérica, Australia, Asia y el sur de África pueden atravesar déficits hídricos y sequías. Esa distribución desigual es la que puede modificar la producción de los principales países exportadores y trasladarse luego a los precios internacionales.
En la Argentina, el momento y la distribución de las lluvias serán determinantes. Según la Bolsa de Comercio de Rosario, las reservas de agua útil podrían ubicarse por encima de lo normal en al menos el 80% de la región pampeana entre diciembre y febrero, cuando se definen los rindes del maíz temprano y de parte de la soja de primera.
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