Hay buenas noticias para la economía mexicana. El PIB creció 1.4% durante el segundo trimestre de 2026, con lo que México se colocó como la segunda economía con mayor dinamismo dentro del G20, sólo detrás de India y por encima de países como China, Canadá e Indonesia. El promedio del G20 fue de apenas 0.7%.
Recordemos que a lo largo del debate sobre el desarrollo de la economía nacional, el gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum insistió en que el PIB no podía utilizarse como la medida definitiva del éxito económico. En junio de 2025, la propia presidenta sostuvo que tomar el crecimiento del PIB como indicador de éxito era “muy limitado” y que había otros factores, particularmente el bienestar y la distribución del ingreso, que debían considerarse.
Ahora el escenario cambia porque el PIB creció. México aparece por encima de buena parte de las grandes economías, el mismo indicador se convierte en motivo de celebración oficial. La presidenta incluso destacó públicamente que quienes decían que el PIB no crecería se habían equivocado.
No se trata de restarle importancia al dato, pero si el PIB no era suficiente para medir el desempeño de la economía cuando las cifras eran menos favorables, tampoco debería convertirse ahora en la principal vara para presumir resultados. Si el gobierno considera que el bienestar, el empleo, los salarios, la inversión y la distribución del ingreso son variables igualmente importantes, tendría que mantener el mismo criterio cuando el dato le resulta favorable.
El desempeño del segundo trimestre coincide con una mayor inversión extranjera y con señales de que el Plan México comienza a jugar un papel más relevante en la estrategia económica. La propia Presidencia reportó 34 mil 968 millones de dólares de inversión extranjera directa durante el primer semestre de 2026.
Pero quizás uno de los cambios más importantes está ocurriendo en la política comercial. México parece haber entendido que la prioridad en la relación con EU debe ir enfocada en fortalecer la integración productiva de América del Norte y, al mismo tiempo, reducir la dependencia de productos asiáticos en sectores estratégicos.
La dimensión del vínculo económico explica buena parte de la presión de Washington. En 2025, el comercio de bienes entre México y Estados Unidos alcanzó alrededor de 871 mil 600 millones de dólares y el déficit estadounidense con nuestro país llegó a 197 mil millones. México se consolidó como el principal socio comercial de Estados Unidos en materia de bienes.
Ese desequilibrio es uno de los argumentos centrales de Trump en la revisión del T-MEC. El representante comercial estadounidense Jamieson Greer, ha señalado que la administración Trump busca proteger el mercado norteamericano y reducir prácticas que, desde su perspectiva, permiten que mercancías de países asiáticos entren a Estados Unidos utilizando a México o Canadá como plataforma.
La discusión sobre el déficit tampoco puede enfocarse solo a México. El desequilibrio comercial estadounidense responde también a factores internos de esa economía, entre ellos los niveles de consumo, ahorro, inversión y gasto público. El déficit con México no es un fenómeno que pueda corregirse exclusivamente modificando las importaciones mexicanas.
La presidenta ha evitado hasta ahora una confrontación directa con Trump, aun cuando éste mantiene fuertes presiones en materia comercial y de seguridad. El resultado de esa estrategia todavía está por verse. Sin embargo, México debe tener claro que lo más conveniente es fortalecer su integración con Norteamérica, y no entrar en una guerra comercial con su principal socio.