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Nevaco Global
29 de junio de 2026

Biocombustibles: de la vanguardia a la oportunidad

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Argentina supo estar en la vanguardia global del biodiésel, transformando su potencia agroindustrial en una ventaja competitiva con valor agregado e innovación. Sin embargo, en menos de una década, esa posición se deterioró de manera significativa. Hoy, mientras el mundo acelera la transición energética, el país ha perdido protagonismo en una actividad clave para su desarrollo.

Desde 2017, la producción mundial de biodiésel creció con fuerza, mientras que en Argentina se contrajo, hemos pedido relevancia y no por falta de capacidades, sino por decisiones que afectaron los incentivos, redujeron la demanda interna y limitaron las exportaciones.

El biodiésel no es solo un sustituto del gasoil, sino parte de una industria estratégica. Genera divisas, fue uno de los principales complejos exportadores y es clave en mercados como la Unión Europea. Además, impulsa el desarrollo industrial: implica transformación productiva, más tecnología e integración de cadenas. Su impacto territorial también es relevante: genera empleo de calidad en el interior, con fuerte efecto multiplicador. En un país con desigualdades regionales, es una herramienta concreta de desarrollo federal.

Existe un aspecto menos visible pero fundamental: el biodiésel cumple un rol clave en el sostenimiento de los precios de los commodities agrícolas, particularmente del complejo sojero (lo mismo ocurre con el maíz y el bioetanol). Cuando se incrementa la demanda de biodiésel, aumenta también la demanda de aceite de soja, lo que fortalece toda la cadena de valor. Esto no solo mejora los términos de intercambio del país, sino que estabiliza ingresos para productores, industriales y el sistema económico en su conjunto.

En otras palabras, el biodiésel no compite con el agro: lo potencia. Actúa como un amortiguador frente a la volatilidad internacional y permite capturar mayor valor dentro de la Argentina. En un contexto global donde los países compiten por agregar valor a sus recursos naturales, resignar esta herramienta implica, en términos simples, regalar renta.

Mientras los últimos años Argentina redujo su mezcla obligatoria y generó incertidumbre regulatoria, otros países hicieron exactamente lo contrario. Solo por citar tres ejemplos simples: Estados Unidos fortaleció su esquema de incentivos y desarrolló mecanismos de mercado como los créditos por reducción de emisiones. Brasil definió una trayectoria clara de aumento de cortes, con el objetivo de alcanzar niveles cercanos al 20% en los próximos años. Indonesia, por su parte, avanzó hacia mezclas aún más altas y va rumbo al 50%. El resultado es evidente: más inversión, mayor utilización de capacidad instalada y crecimiento sostenido de la industria. Argentina, en cambio, opera hoy con niveles de capacidad ociosa superiores al 70%, cuando en 2017 estaban en torno al 33%. Esto implica plantas subutilizadas, ergo empleo potencial no generado.

El impacto también se refleja en la balanza energética. En 2024, la importación de gasoil superó los 1.000 millones de dólares. Parte de ese costo podría evitarse con mayor uso de biodiésel local. Sin embargo, incrementos marginales en el corte no cambian la ecuación. Un esquema en torno al 10% —incluyendo 3% de co-procesado— resulta insuficiente. Para generar impacto real se requiere una señal más contundente: avanzar hacia un corte mínimo del 15%, en línea con la escala necesaria para movilizar la cadena productiva.

En un contexto donde la generación de divisas es crítica, no aprovechar este recurso resulta difícil de justificar. Además, el biodiésel reduce más del 70% de las emisiones frente a combustibles fósiles, siendo también una solución ambiental.

Una política moderna debe alinearse con estándares internacionales y promover inversiones, con menos discrecionalidad y más señales de mercado. Dentro de ese marco de mayor libertad económica, existe un desafío clave que no puede ser ignorado: la cancha debe estar nivelada.

En un esquema de mercado sin reglas de juego equilibradas, algunas empresas correrían el riesgo de ser desplazadas por grandes actores integrados, con mayor espalda financiera y capacidad de absorción. La solución no es restringir la competencia ni distorsionar los precios, sino diseñar mecanismos inteligentes que aseguren un terreno imparcial. Un sistema que reconozca las asimetrías estructurales y permita la coexistencia de distintos modelos productivos. La clave es evitar que la concentración excesiva derive en la desaparición de actores que son esenciales para el desarrollo federal.

Argentina enfrenta una decisión: continuar perdiendo terreno o reconstruir condiciones para que el biodiésel vuelva a ser motor de crecimiento.

Esta industria combina generación de divisas, empleo, desarrollo federal y sostenibilidad. El desafío no es elegir entre Estado o mercado, sino crear un marco donde ambos funcionen de forma eficiente. Si se alinean incentivos y se construye previsibilidad, el biodiésel puede volver a ser una oportunidad concreta. Si no, seguirá siendo una oportunidad perdida en un mundo que avanza.

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