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Nevaco Global
9 de agosto de 2026

La industria pelea entre volver a ser y la dura realidad

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El Gobierno tuvo una buena noticia el viernes pasado cuando se conocieron los datos de la industria y la construcción: ambas mejoraron en junio contra el mismo mes del año pasado. En cambio, tuvieron comportamientos divergentes en el desempeño contra el mes previo y en los números del primer semestre.

En resumen, la actividad industrial registró en junio una suba interanual de 2% respecto del mismo mes de 2025, según informó el INDEC en su Índice de Producción Industrial (IPI). Además, la serie desestacionalizada mostró un alza de 0,9% frente a mayo. La variación acumulada en el primer semestre, en cambio, cayó 2,2%.

El último informe de la consultora Industria y Desarrollo que lidera el ex economista de la Unión Industrial Argentina (UIA) Diego Coatz, habla del presente y también del corto plazo.

“Siete de las 12 principales cadenas industriales se encuentran entre 30% y 40% por debajo de sus máximos de los últimos diez años y operan, en promedio, con cerca de 40% de capacidad ociosa”, asegura Industria y Desarrollo. “Desde diciembre de 2023 se perdieron 3.759 empresas industriales (hasta abril 2026, último dato). En los primeros 4 meses de 2026, cerraron 1.070 empresas y proyectamos que en lo que queda de 2026 van a cerrar 2.000 empresas más: totalizando más de 3.000 empresas en el año”, asegura y agrega: “El cierre de empresas tiene un correlato directo en la pérdida de empleos industriales: estimamos que 2026 va a cerrar con 105.000 puestos industriales menos”.

En definitiva, la discusión sobre la industria argentina volvió a quedar atrapada en una escena conocida: números malos que conviven con números buenos, empresarios a la defensiva y un Gobierno que no se caracteriza por la empatía: esta vez, el detonante fue Luis Caputo, que llamó “tarados” a quienes hablan de la industria y defendió su tesis con un dato a tener en cuenta: entre 2011 y 2023, dijo, el sector cayó 10% pese a los subsidios y la protección.

Luego el ministro aclaró que no le dijo “tarados" a los industriales, "sino a los que defienden el modelo anterior que lo único que hizo fue hacer crecer el déficit, y con ello, la inflación y la pobreza”.

La frase de Caputo no cayó en el vacío. La industria llega a este cruce con consumo débil, tasas altas, presión impositiva, problemas de financiamiento, costos logísticos y energéticos, y una apertura importadora que muchos sectores leen como amenaza antes que como incentivo.

La UIA respondió con una línea razonable: “Defender la industria no es incompatible con defender el equilibrio fiscal, la baja de la inflación o una economía más ordenada”.

El problema de fondo es que ambas posturas tienen una parte de razón y una parte de omisión. Caputo acierta cuando cuestiona la nostalgia por un modelo que prometía desarrollo fabril y muchas veces terminó en precios caros, baja productividad y privilegios mal asignados. Pero se equivoca si cree que la competitividad aparece por decreto o por insulto. Una fábrica argentina no compite sólo con voluntad empresaria: compite con impuestos, crédito, infraestructura, escala, tecnología y reglas previsibles.

La industria, por su lado, también debe evitar refugiarse en el lamento permanente. El reclamo por igualdad de condiciones será más sólido si viene acompañado por una agenda de inversión, productividad, exportaciones e integración al mundo. Pedir protección sin reforma interna ya no alcanza; abrir la economía sin corregir los costos argentinos tampoco.

Ese divorcio se ve con especial nitidez en el conurbano bonaerense. Allí, donde la industria no es una abstracción sino una red de pymes, talleres, proveedores, comercios y empleo familiar, la caída del consumo pega dos veces: baja la producción y se achica la vida económica de los barrios. Cuando una planta reduce turnos o una pyme suspende personal, no sólo pierde una empresa; pierde movimiento el almacén, el transporte, el proveedor y la economía cotidiana que gira alrededor de cada fábrica.

Diego Valenzuela, el intendente de Tres de Febrero actualmente de licencia, diseñó un semáforo de la provincia de Buenos Aires con temas que tocan desde lo fiscal a la infraestructura. La diferencia de criterio que existe en cuanto al cobro de tasas y al tamaño de las municipalidades no parece un tema menor a la hora de hablar de competitividad. Hay distritos separados por una avenida que cobran impuestos diferentes, con varios puntos porcentuales más caros o baratos según del lado de la avenida donde la fábrica se encuentre.

La contracara del conurbano aparece en las provincias de la nueva economía exportadora: Neuquén y Río Negro con Vaca Muerta; San Juan, Catamarca, Salta y Jujuy con minería, litio y cobre. Allí hay inversiones, demanda de servicios, obras de infraestructura y expectativa de dólares. Pero ese dinamismo todavía no derrama de manera automática sobre el viejo entramado industrial del Gran Buenos Aires. La Argentina que crece por energía y minerales convive con otra que se enfría en sus fábricas de los aglomerados industriales.

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