Durante décadas vivimos dentro de una de las ficciones más exitosas de la política argentina: una fiesta donde todos comían, brindaban y pedían postre, mientras alguien escondía la cuenta debajo del mantel. La genialidad del truco consistía en convencer a la gente de que el mozo no vendría con la cuenta a la mesa. Gobierno tras gobierno, la deuda crecía, la inflación devoraba salarios y los subsidios se multiplicaban como conejos radiactivos. Millones de personas fueron persuadidas de que aquello no era un problema, sino un modelo. La irresponsabilidad fiscal dejó de verse como una anomalía y se convirtió en una tradición nacional, una especie de patrimonio cultural protegido.
Entonces apareció una administración que hizo algo insólito para los estándares argentinos: levantó el mantel. Y abajo estaba la factura. No era una factura barata. Era el resumen acumulado de décadas de negación colectiva, clientelismo, déficit y autoengaño económico. El Gobierno decidió, en mi opinión, correctamente, que había que pagarla. Naturalmente, nadie aplaudió cuando llegó la cuenta. La clase media, que desde hace años disfrutaba de una parte desproporcionada del espectáculo, siente el impacto y protesta, incómoda, oprimida. Es comprensible.
Lo que suele pasar inadvertido es que muchos de los mayores sacrificios recaen sobre una generación que con absoluta seguridad no llegue a disfrutar de los beneficios de la corrección. Está (estamos) pagando la reconstrucción de una casa que otros habitarán. No nos engañemos con falsas ilusiones. Eso no significa que el Gobierno tenga razón en todo. Parte de los problemas nacen precisamente de una convicción ideológica llevada más allá de donde aconsejan los hechos. Reducir gastos era imprescindible. Corregir desequilibrios era inevitable. Pero convertir cada intervención estatal en una herejía y cada apertura comercial en una virtud automática, es otra cosa. La fe excesiva en la competencia irrestricta ha permitido el ingreso de importaciones muchas veces innecesarias que golpean a comerciantes e industrias locales que operan con estructuras laborales heredadas de otra época. Muchas empresas cargan plantillas envejecidas que no pueden reorganizar con facilidad hasta que sus trabajadores alcancen la jubilación.
No se trata de resistencia empresarial ni de falta de voluntad modernizadora: se trata de restricciones legales muy concretas. El resultado es perverso. Se desalienta la contratación formal, aumenta la informalidad y se reducen los aportes al sistema previsional. La reforma laboral que podría aliviar parte de estas distorsiones permanece prácticamente inmovilizada. No sólo porque fue diseñada sin efectos retroactivos, sino porque enfrenta la resistencia de una oposición K que sigue defendiendo reflejos ideológicos del siglo pasado, apoyada por sectores judiciales que han construido verdaderas industrias alrededor de los litigios laborales. Mientras tanto, la economía avanza con el freno de mano parcialmente puesto. Nos toca pagar una entrada absurdamente cara para una película cuyo desenlace sólo verán nuestros hijos y nietos. La alternativa era la conocida financiación en cómodas cuotas de la política argentina: emitir un poco más, endeudarse un poco más, postergar un poco más y cruzar los dedos para que la bomba explote durante el mandato siguiente. Es una metodología con arraigo nacional. Y siempre termina mal. Termina con ministros prometiendo confianza, periodistas explicando que esta vez es diferente.
Por eso deseo que esta administración sea reelegida. No porque haya producido milagros. No porque esté exenta de errores. Y tampoco porque comparta todas sus decisiones. La razón es sencilla: cuando comparo sus errores con el legado de quienes administraron durante años el desorden estructural argentino, sigo encontrando más luces que sombras. Sus detractores son numerosos, ruidosos y omnipresentes. Tienen capacidad de movilización, muchas piedras, máscaras, Moyanos, políticos inconcebibles, presencia en los medios y una notable habilidad para convertir cada tropiezo oficial en el anuncio de un apocalipsis inminente. Pero también son menos representativos de lo que sugiere el volumen de sus megáfonos.
A esta altura de mi vida no espero beneficios para mí. Ninguno. Probablemente mi situación coyuntural y de medio ambiente no cambie sino para mal. No veré los frutos de este proceso. Pero si esta vez la factura se paga de verdad, si alguien deja de esconderla y si la Argentina abandona la costumbre de vivir de adelantos sobre un futuro que nunca llega, entonces mis hijos y nietos podrían heredar algo más valioso que otra promesa electoral: un país razonablemente normal. Y, para los estándares argentinos, eso ya sería una revolución.
El lector López pone el foco en una generación que muchas veces queda fuera del debate político: la de quienes están cerca de la jubilación o ya transitan sus últimos años de vida laboral. Sostiene que gran parte del esfuerzo económico actual recae sobre esas personas que probablemente no lleguen a disfrutar del todo -o nada- de los beneficios que podrían surgir de los malabares que el Gobierno intenta proyectar.
Su reflexión apunta directo al blanco: al país donde millones de trabajadores aportaron durante décadas con la expectativa de alcanzar una jubilación estable. Sin embargo, los vaivenes económicos generaron incertidumbre sobre el presente y el futuro del sistema previsional. Sus palabras transitan por la misma senda que sus pares resaltan en la página de Jubilados que se publica los sábados: que detrás de cada discusión sobre déficit, reformas o equilibrio fiscal, hay personas que hicieron un recorrido de trabajo y esfuerzo esperando cierta tranquilidad en la etapa final de sus vidas. Más allá de las posiciones políticas e ideologías, el autor invita a pensar en cómo garantizar que el sistema previsional sea de alguna manera sustentable sin trasladar ese peso a quienes están más cerca del retiro.
Y transmite una sensación agridulce: la de aceptar sacrificios día a día con la esperanza de que las próximas generaciones vivan en un país más ordenado. Pero, al mismo tiempo, interpela: ¿cómo hacer para que quienes trabajaron toda una vida no queden relegados a ser simples espectadores de un futuro mejor que tal vez no alcancen a disfrutar? ¡Vaya pregunta que les queda a quienes les deben a los jubilados de la Argentina una vida digna.
Recibí en tu mail todas las noticias, historias y análisis de los periodistas de Clarín