Mi hijo ya es un adulto, ¿y ahora qué?: cómo acompañar sin sobreamparar
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Tengo dos hijos varones, dos hombres: Ignacio, de 33, y Santi, de 25. Hace tiempo que dejaron de ser chicos, y, sin embargo, yo sigo aprendiendo a ser su padre. Y siento en este momento de la paternidad que es un desafío todavía mayor que los primeros años de vida.
Suena raro, pero así lo siento. Los primeros años son agotadores, las noches sin dormir, los miedos, la logística infinita. Pero en esa etapa, los padres sabemos qué hay que hacer. Hay que alimentar, abrigar, poner límites, acompañar, contar un cuento, estar. Lo que sucede es que muchas veces no nos sale. Nos equivocamos, porque se nos cuelan nuestros miedos, nuestros fracasos no resueltos, la sobreprotección, la ansiedad, el deseo imposible de que nuestros hijos no sufran jamás. Pero nos equivocamos sabiendo adónde queríamos llegar. El mapa existía, se nos desconfigura el GPS todo el tiempo, pero el mapa está y es claro.
Cuando eran niños sabíamos que comían, qué amigos tenían, sus notas en el colegio. Si estaban tristes ahí estábamos para acompañar y sostener. Si algo les resultaba difícil, para facilitar o intentar que experimenten la diferencia entre lo que queremos o lo que sucede.
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Hoy mis dos hijos viven solos y confío en las herramientas que adquirieron. Qué lindo y qué difícil.
Con los hijos adultos el mapa desaparece. O por lo menos para mí. “Recalculando”, dice el navegador.
Cuando son chicos, la regla de oro de la distancia es relativamente clara: “cerca para cuidar, lejos para no asfixiar”. Es un equilibrio difícil, pero tiene una brújula: la edad del hijo, sus necesidades, los riesgos que enfrenta.
Cuando son grandes, en cambio: ¿A dónde nos paramos? ¿Hasta dónde podemos ir? ¿Cuándo una pregunta es interés y cuándo es control? ¿Cuándo un consejo es generosidad y cuándo es invasión? ¿Cómo opinar sin invadir?
Porque los padres seguimos teniendo opiniones, y muchas veces con buenos fundamentos: la experiencia sirve para algo. Y si vamos a cometer errores, que sean nuevos, ¿o no?
Pero las decisiones que toman nuestros hijos adultos nos exceden y tenemos que acompañar sin invadir. Aunque nos tiemble el alma.
De niños, el camino está marcado y es habitualmente claro: jardín de infantes, colegio primario, secundario, universidad/carrera terciaria o trabajar. Y los vamos llevando de la mano en ese sendero.
Desde ahí, soltamos la mano, ellos van y somos, en el mejor de los casos, el faro para los navegantes (nuestros hijos que van creciendo).
Elegirán pareja, una carrera, una ciudad, un modo de vivir, un modo de trabajar, de gastar, de querer. Nos guste más o menos, son decisiones que no nos pertenecen. Y aceptar eso, no con resignación, sino con respeto, es quizás la tarea más fina de esta etapa.
Los hijos necesitan tomar distancia, discrepar, equivocarse a su manera. Y los padres necesitamos tolerar que esa diferencia no es una traición ni un fracaso de nuestra crianza, sino su resultado más logrado. Un hijo que piensa distinto de mí es, muchas veces, la prueba de que pude criar a alguien libre.
En la hermosa película francesa que da título a mi libro No huyo solo vuelo, el arte de soltar a los hijos, Paula le dice a su madre: “Vos pensás que me voy porque sos la peor madre del mundo. No, me voy porque sos la mejor madre que pude haber tenido”.
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