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Nevaco Global
7 de junio de 2026

Andry Hernández, huido de Maduro y deportado por Trump, pide asilo en Andalucía: «Aquí los gays somos libres»

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La misma noche que los agentes de la DEA capturaban a Nicolás Maduro en una base militar de Caracas, Andry Hernández Romero (Capacho, Venezuela, 2001) ... tomaba un taxi a la frontera y, después, un autobús con el que pasó la Aduana con Colombia. El primero viajaba a Manhattan a una prisión, mientras que el otro hacía la primera parada de su viaje a España, a la libertad. Paradojas del destino, dos años antes, Andry escapaba de la Venezuela de Maduro por razones políticas y por la discriminación que sufría por su homosexualidad, atravesó la selva y Centroamérica, y se asomó al borde de EE UU, donde pidió asilo. Pero el temible ICE (Servicio de Inmigración) se cruzó en su camino. Lo catalogó como pandillero y fue deportado a la cárcel de Bukele en El Salvador, junto a otros 251 venezolanos. Su caso dio la vuelta al mundo, como denuncia de los excesos de la Administración Trump y la discriminación al colectivo gay. Tras ser torturado en prisión, un acuerdo lo devolvió cuatro meses después a Venezuela. Pero la felicidad le duró poco, porque su país no tardó en recordarle que sus calles también eran un presidio para él. Hace unos días, pidió asilo en Andalucía.

«En España, los gays somos libres. Nos respetan los derechos y es un lugar seguro para nosotros», confiesa Andry Hernández. Habla con serenidad, pero su rostro no se ha librado de cierta tristeza. Todavía está recuperándose de su 'estancia' en la cárcel más peligrosa de América, el Centro de Confinamiento del Terrorismo (CECOT), la megaprisión de máxima seguridad construida por el gobierno de Nayib Bukele en Tecoluca (El Salvador) para castigar a pandilleros y miembros de bandas criminales. Así fue etiquetado este venezolano que, cuando llegó a la frontera de México con California, pidió asiló por razones políticas, pero vio como le pedían que se quitara el cinturón y los cordones de los zapatos y era enviado directamente a un centro de internamiento. Allí comenzó un infierno -no es metafórico- para este joven estilista y maquillador de la cadena de televisión de Caracas Tves, donde comenzó una prometedora carrera que pronto se torció.

«A los dos días me enteré que por los tatuajes y por mi nacionalidad venezolana, me habían catalogado como miembro del Tren de Aragua, como terrorista»

«Trabajaba en un canal del gobierno en el que sufrí agresión por mi género sexual y todo eso desencadenó una persecución con amenazas, hostigamiento y represión, que me obligaron a salir de Venezuela el 23 de mayo del 2024», cuenta Hernández Romero, que tiene las fechas grabadas de su reciente biografía. En su huida, el estilista pasó por Colombia, Panamá, Honduras, Nicaragua, Guatemala y México, un penoso viaje en el que puso su vida en peligro, sobre todo cruzando la Selva del Darién por el riesgo de asaltos de bandas criminales, además de la «mafia» de algunos de los países por los que cruzó. «El 19 de agosto pisé la frontera entre México y Estados Unidos», cuenta con precisión de notario, muy concentrado en la precisión de los datos. Lo hizo en el cruce fronterizo San Isidro/El Chaparral, que no solo es la puerta de acceso entre Tijuana y San Diego (California), sino también el paso entre países más transitado del mundo. Creía que ya había pasado lo peor, pero se equivocaba.

«Tenía cita para el asilo del CBP One y me presenté con mis documentos y el pasaporte, pero lo único que me dijeron es que me quitara el cinturón y los cordones. No sabía lo que estaba pasando», cuenta todavía con cara de angustia al recordar la escena. Había pasado una primera evaluación que determinó que Andry sufría riesgo de ser perseguido si regresaba a Venezuela, pero en el examen físico un agente interpretó sus tattoos como amenazas y lo mandó al centro de detención de inmigrantes Otay Mesa (San Diego). «A los dos días me enteré que era por los tatuajes y por mi nacionalidad venezolana. Me habían catalogado como miembro del Tren de Aragua, como terrorista de una pandilla transnacional», explica con resignación, mientras muestra en sus muñecas el 'cuerpo del delito': en cada brazo una corona, bajo las que pone «Dad» y «Mum».

«En la izquierda dice papá y en la derecha, mamá. Ellos son mis pilares, mis reyes, y por eso me las tatué», dice reivindicando con orgullo sus orígenes y su lealtad familiar. «Soy culpable por ser venezolano y tener dos coronas tatuadas», denuncia Andry Hernández, que fue incluido en el primer grupo de 252 venezolanos que fue deportado al Cecot de El Salvador, tras el acuerdo del Gobierno de Bukele con EE UU. «La Administración Trump cometió una equivocación al juzgarnos solamente por tener un tatuaje. De hecho, uno de los compañeros no tenía tatuajes en su cuerpo y estaba con nosotros en el Cecot», recuerda este exiliado, que no olvida lo que le dijeron nada más llegar: «Bienvenidos al infierno». «Mi vida entera me pasó en ese momento por la cabeza», revela.

«Estuve 125 días; 4 meses y 2 días», dice sin volver a dudar. Se nota que contaba hasta las horas. «Teníamos tiempo de sobra. Nos dieron una biblia y la leí dos veces. Pero llegué a pensar que no saldría y que iba a morir allí», confiesa el maquillador, cuyo caso no pasó desapercibido y generó una ola de indignación y protestas en EE UU. Cuando llegó al «infierno», lo pusieron de rodillas y le raparon la cabeza, mientras gritaba: «No soy pandillero, soy estilista». Y pedía auxilio desesperado: «Mamá, ayúdame». Su sufrimiento captó la atención de un reportero gráfico y, cuando sus fotos se difundieron en EE UU, las abogadas que habían asistido a Andry en su proceso de asilo, Lindsay Toczylowski y Paulina Reyes, del Immigrant Defenders Law Center, lo reconocieron y pidieron su regreso a EE UU. Una petición de libertad que dio la vuelta al mundo y su caso incluso se llegó a publicar en España.

«Lo único que nos hizo resistir era la convicción de que fuera estaban nuestras familias y que nuestras madres no nos olvidaban»

«El 90% del apoyo lo recibí de EE UU, porque, si ves los comentarios de la comunidad venezolana, es denigrante», comenta sin ocultar su decepción con sus compatriotas. #FreeAndry se convirtió en un grito contra los excesos de la política de Trump con los inmigrantes y refugiados, e incluso, el desfile del Orgullo de Queens nombró a Hernández como 'Grand Marshal' para reclamar su libertad. Peticiones que, no obstante, no mejoraron su penosa situación en El Salvador. «Las torturas comenzaron desde el primer día, aunque hubo momentos en los que nos golpeaban más», rememora el exiliado venezolano, que titubea antes de contar el siguiente escalón en el maltrato. «Sufrí abuso sexual», cuenta bajando la voz. Un pasaje que prefiere olvidar ya que además soportó una doble victimización cuando su historia se conoció en su país: «Decían: 'Cómo es gay, pues le gustó'», cuenta con dolor y resignación.

Su principal consuelo lo tuvo en sus manos todo este tiempo. Esos tatuajes que le habían condenado por error, también llevaban escrito el recuerdo al que agarrarse. «Lo único que nos hizo resistir era la convicción de que fuera estaban nuestras familias y que nuestras madres no nos olvidaban», asegura Andry Hernández, que también compartió hermandad con muchos de los venezolanos allí recluidos de forma tan injusta y arbitraria como la suya. Al final, un canje entre los gobiernos de EE UU y Venezuela permitió que los 252 suramericanos encarcelados en El Salvador volvieran a su país, mientras una decena de norteamericanos liberados por Maduro hacían lo propio.

El 23 de julio de 2025, un año y dos meses después de huir de Venezuela, Andry volvía a abrazarse con sus padres, Alexis y Felipe, en Capacho. Esta vez estaba dispuesto a quedarse. «Era un ingenuo», reconoce antes de relatar las presiones y la persecución a la que se vio de nuevo expuesto. «Me llamaron de la oficina de la vicepresidenta -actual presidenta, Delcy Rodríguez- para decirme que tenía que ser agradecido y hablar bien del Gobierno, porque si ellos no me hubieran liberado seguiría en El Salvador. Pero me negué», narra Hernández Romero, al que le ofrecieron de nuevo su trabajo en la televisión con el objetivo de aprovechar su popularidad en favor del régimen.

Las llamadas constantes, la 'visita' en su propia casa de funcionarios del gobierno a medianoche y hasta el veto para participar en la gran Fiesta de los Tres Reyes Magos de su pueblo volvieron a recordarle el estado de acoso del que había huido el año anterior. «Hasta me gritaban por la calle: 'Usted no es bienvenido acá'», relata el exiliado que se sentía un extraño entre los suyos. Sus abogadas le insistieron en que saliera de nuevo del país «por seguridad». «La decisión estaba tomada, pero yo quería pasar diciembre con mi familia. No había pasado diez meses preso para solo ver a mis padres unas semanas», cuenta con convicción Andry Hernández, que saboreó especialmente las últimas fiestas navideñas. El pasado 3 de enero se despedía de su familia rumbo a España, con parada en Bogotá. La misma noche que el autoproclamado presidente Nicolás Maduro se montaba en un avión con pasaje directo a la cárcel de EE UU, un país al que paradójicamente no puede volver Andry pese a ser un represaliado del líder chavista.

«No he cometido ningún delito», insiste Andry, que ha presentado demandas en EE UU para «limpiar su nombre» y revoquen su consideración oficial de criminal

Hernández presentó su solicitud de asilo en España la semana pasada. Confiesa que su salud «ha mejorado del 1 al 10» desde que llegó y que, por primera vez en casi dos años, vive con «tranquilidad». «En España no recibo el odio ni el señalamiento que tengo en Venezuela», se congratula el estilista, que también recibe asistencia psicológica y, además, tiene el apoyo de parte de su familia que también vive «acá». No obstante, no quiere precisar más ese «acá». Se siente «acogido», pero por consejo de sus abogados y por el miedo a que algo inesperado le pueda pasar, nos cuenta que está viviendo en Andalucía y que prefiere mantener reservado su lugar de residencia.

Por el momento, no se plantea volver a Venezuela, ni sabe cuando lo podrá hacer. Pero su aspiración es regresar en libertad. También a EE UU, donde ha presentado demandas, tanto personal como colectiva, para rehabilitar su nombre y que su condición de exiliado tache el estigma de «terrorista» que le ha colgado la Administración Trump. «No he cometido ningún delito», insiste Andry, que no oculta que también ha pensado más de una vez «tirar la toalla». Hace una mueca cuando se la pasa por la cabeza esa idea de dejarlo pasar y descansar, pero abre los ojos y afirma con su tono cortés pero firme: «No he llegado tan lejos para decir basta. Hasta que no logre limpiar mi nombre, no voy a parar».

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