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Nevaco Global
2 de agosto de 2026

Una nueva política migratoria, el adiós de Orbán o la convivencia forzosa con Trump: así ha sido el 'curso' político en la UE

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El Gobierno cifra en 72 los muertos y eleva a 73.500 los migrantes que han vuelto a Marruecos

Basado en hechos observados y verificados directamente por nuestros periodistas o por fuentes informadas.

No ha habido grandes progresos sobre Gaza pese a la presión de España y Ucrania sigue siendo un tema principal en la toma de decisiones.

Se acaba otro año no natural para la Unión Europea. Las notas se sacan en junio o en su defecto en septiembre y la deriva del bloque comunitario sigue siendo la misma que en el pasado reciente, con prioridades más o menos claras -en la teoría, al menos- y presiones externas procedentes de un mundo cada vez más inestable. "Europa tiene que pensar seriamente en su seguridad", avisó Javier Solana, ex secretario general de la OTAN, en una entrevista con este medio; pero la cuestión va más allá. La UE tiene que aprender a vivir por sí misma, y en algunos aspectos (como el comercial) lo va consiguiendo. En otros, en cambio, todavía le queda camino por recorrer.

Esto es lo que ha hecho y vivido (y conseguido) la UE en este curso político:

No parece lo más boyante para la Unión, pero la salida de Viktor Orbán del poder fue el paso más importante del curso a nivel interno. Tras 16 años en al mando, salió de él el mayor problema de la UE para ser más rápida, ágil y creíble. El resultado fue sistémico: ganó la UE, ganó Ucrania, ganó una forma de hacer política que por lo menos no se basa en el boicot constante. Magyar es un conservador que no quiere tratos con la derecha radical porque ya ha visto como funciona, y no solo la ha derrotado sino que ha peleado para desenmascarar lo que el propio Orbán llamó "iliberalismo". Bruselas se encontrará con duros debates y quienes suman un nombre a la causa son Feijóo, Tusk, Mitsotakis, Kristersson, Orpo o incluso una Meloni que poco a poco se había ido alejando de otro de sus grandes aliados; Orbán eligió Moscú y el movimiento MAGA, y salió perdiendo.

En su lugar llegó Peter Magyar y la calma, al menos de momento, se ha instalado para Bruselas en la que era la china en el zapato en la toma de decisiones. Hungría ya no es un freno pese a los matices que ponga; el nuevo primer ministro prometió ser constructivo y lo está siendo, desbloqueando sanciones contra Moscú o más baterías de ayuda a Kiev -aunque no es defensor de entregar más armas a Ucrania-. Pero todo es mejor que Orbán en Bruselas. La caída de Orbán no es un elemento más en la sucesión de retos, objetivos, crisis y algunas desdichas que afronta Europa en los últimos tiempos. Magyar ha tumbado a lo que los politólogos llaman autocracia competitiva: Orbán pensaba que iba a ganar siempre, hasta que ha perdido.

¿La UE se ha vuelto más conservadora? No se sabe, pero sí queda claro que ha elegido una política migratoria más dura, con un nuevo reglamento de retornos basado sobre todo en una aceleración de las deportaciones y en la autorización de que los países miembros -que son los que tienen la competencia- puedan disponer de centros de detención de migrantes en terceros estados, siguiendo el 'modelo Meloni' aplicado por Italia en acuerdo con Albania. Este paso supone una victoria para los partidos de derecha y los partidarios de una gestión migratoria más ortodoxa.

Además, la nueva normativa de retorno prevé plazos de detención para los repatriados de hasta dos años en caso de que haya riesgo de fuga o no se coopere con las autoridades. Esos plazos se pueden aplicar también a los menores no acompañados, aunque en este caso se insiste en que se trata "del último recurso" y solo se daría en situaciones extremas y también solamente dentro de la UE. España, eso sí, se ha desmarcado de las nuevas líneas migratorias que defienden, en realidad, más de la mitad de los Estados miembros (17 están claramente a favor de este modelo). En todo caso, esa vía de los centros de detención de migrantes en terceros países no es un mandato estricto: quedará a discreción de los países si recurrir a ella o no.

Si alguien abre la agenda de la UE de este curso aparece una palabra escrita en letras grandes: Ucrania. Y puede estar contento Zelenski con lo logrado porque el país ha iniciado, después de mucho insistir, las negociaciones de adhesión, con la apertura del primer 'paquete' de políticas, relacionada con los derechos fundamentales. Kiev quiere, no obstante, una fecha clara de entrada al bloque comunitario, pero eso Bruselas no lo puede prometer. Eso sí, el Gobierno ucraniano pretende tener todos los capítulos -un total de 35- cerrados a finales de 2027. Es un escenario optimista y en las instituciones europeas apelan a la cautela.

A nivel financiero, el paso clave estuvo en el préstamo de 90.000 millones para estos dos años, un final al que se llegó tras superar un veto húngaro que parecía imposible de tumbar. La división de la ayuda, que ya ha empezado a fluir, también está clara, insisten en Bruselas. Se proporcionarán 30.000 millones de euros en concepto de ayuda macroeconómica a Ucrania, que se canalizará a través de la ayuda macrofinanciera o se ejecutará mediante el Mecanismo para Ucrania, el instrumento específico de la UE destinado a proporcionar a Kiev "una ayuda financiera estable y previsible". Y por otra parte, se destinarán 60 000 millones de euros a apoyar la capacidad de Ucrania para invertir en capacidades industriales de defensa y adquirir equipo militar.

Toda la actividad que ha tenido la UE para acertar con Ucrania le ha faltado con la guerra en Irán: Europa nunca quiso este conflicto, ahora reabierto por Donald Trump, pero tampoco supo marcar perfil propio más allá de decirle a Estados Unidos que no iba a apoyar su ofensiva (algo hecho más bien desde los gobiernos nacionales que en Bruselas). La UE queda a merced de lo que decida hacer Washington mientras ha visto como "una crisis energética sin precedentes" cayó sobre ella, obligándola incluso a aprobar un paquete de medidas urgentes para contenerla.

Más de lo mismo pasó respecto a Gaza. El bloque ha reiterado su apoyo a un alto el fuego sostenible, la liberación de los rehenes y el acceso sin restricciones de la ayuda humanitaria a la Franja, al tiempo que ha incrementado la financiación para atender las necesidades de la población civil; la UE es el principal donante de ayuda humanitaria para Palestina, pero se ha quedado en nada a la hora de aprobar medidas rotundas contra Israel, como por ejemplo la suspensión del Acuerdo de Asociación, como pide España. Además, el proceso de paz ha estado liderado por EEUU y el Bruselas ahora reconocen que "no se está aplicando". Todo esto ha provocado que se acuse a la Unión de aplicar "un doble rasero" entre Gaza y Ucrania.

Hilado con lo anterior, la realidad es que la Unión se ha quedado a expensas de lo que marque Trump. Por ejemplo, con la inversión en defensa. Si EEUU dice que los europeos tienen que aumentar su gasto militar, estos lo aumentan; la convivencia con Washington es forzosa pese a las amenazas de la Casa Blanca a países como España o Italia, los desplantes sobre la OTAN o la mala relación a nivel diplomático entre el secretario de Estado, Marco Rubio, y la Alta Representante, Kaja Kallas. En cambio, Von der Leyen sigue prefiriendo la política del apaciguamiento.

El comercio sigue siendo un elemento de presión por parte de la Casa Blanca, pero también se mantiene presente el órdago de Trump sobre Groenlandia. EEUU quiere el control de la isla más grande del mundo, que es parte de Dinamarca de facto y por ende una pieza más de la UE, aunque en términos estrictos no forme parte del bloque. Eso sí, el tema ha obligado a Bruselas y a los 27 a reabrir el tema de la defensa mutua en caso de ofensiva americana: es un asunto en calma tensa, que de cuando en cuando Washington reabre para poner presión y obligar a Europa a moverse. Eso sí, si en algún punto han mostrado valentía los europeos frente a Trump durante este curso político, ha sido en este.

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