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Nevaco Global
13 de julio de 2026

La estrategia de Kiev empieza a llevar el coste de la guerra al bolsillo de los ciudadanos rusos

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La campaña contra las refinerías busca romper la sensación de normalidad que el Kremlin ha mantenido durante la guerra

La refinería de Tyumen, en llamas, tras un ataque de drones ucranianos el pasado junio. | Maxim Slutsky / Zuma Press

Durante más de cuatro años, Vladímir Putin ha sostenido uno de los pilares de su estrategia política: convencer a la mayoría de los rusos de que la guerra se libraba lejos de casa. Mientras el frente se estabilizaba en Ucrania, Moscú, San Petersburgo o Novosibirsk seguían funcionando con aparente normalidad. La «operación militar especial» apenas alteraba la rutina diaria de millones de ciudadanos. Esa sensación de normalidad ha empezado a resquebrajarse.

No ha sido una gran ofensiva terrestre ni un avance ucraniano sobre territorio ruso lo que ha cambiado esa percepción, sino algo mucho más cotidiano: hacer cola durante horas para llenar el depósito del coche. Las imágenes de los últimos días han mostrado una escena insólita en uno de los mayores productores de petróleo del mundo. Conductores esperando frente a estaciones de servicio moscovitas donde algunos surtidores permanecen cerrados por falta de combustible y determinados tipos de gasolina han desaparecido temporalmente. En Novosibirsk, la tercera ciudad más poblada del país, largas filas de vehículos se forman a diario desde primera hora de la mañana para poder repostar. Las autoridades han reconocido restricciones al suministro en más de 40 regiones rusas.

La dimensión de la campaña empieza a reflejarse también en las cifras. Según el Financial Times, que cita estimaciones de analistas del sector, los ataques con drones ucranianos podrían haber dejado temporalmente fuera de servicio entre el 20% y el 40% de la capacidad de refinado de petróleo de Rusia. En junio, las refinerías rusas procesaron una media de 4,1 millones de barriles diarios, un 28% menos que la media de los últimos cinco años y un 35% por debajo de su capacidad nominal. Desde mayo, Ucrania ha intensificado de forma notable los ataques contra la infraestructura energética rusa, alcanzando diez de las principales refinerías del país, entre ellas la de Omsk, situada a unos 2.500 kilómetros del frente y responsable por sí sola de aproximadamente el 7% de toda la capacidad de refinado rusa.

Ni siquiera los medios económicos rusos ocultan ya la gravedad de la situación. Kommersant habla de un «déficit agudo» en varias regiones y cita a las autoridades de Nizhni Nóvgorod, donde el suministro de gasolina ha caído un 25% mientras la demanda se ha disparado entre un 60% y un 70%. RBC, por su parte, admite los problemas de abastecimiento, aunque insiste en que obedecen a dificultades logísticas más que a una escasez estructural. Mientras tanto, en San Petersburgo, medios locales como Paper describen cómo los conductores hacen uso de webs colaborativas para localizar las pocas estaciones que todavía disponen de gasolina 95.

Más allá de la escasez de combustible, lo que está ocurriendo refleja un cambio profundo en la estrategia militar de Kiev. Tras años de guerra de desgaste y con el frente relativamente estabilizado, Ucrania ha desplazado parte de sus esfuerzos hacia un objetivo distinto: aumentar el coste de la guerra dentro de Rusia.

Los drones de largo alcance ya no buscan únicamente destruir depósitos de munición o instalaciones militares. Las refinerías, almacenes petroleros y centros logísticos se han convertido en objetivos prioritarios. El propósito no consiste tanto en paralizar el esfuerzo bélico ruso como en obligar al Kremlin a dedicar crecientes recursos a proteger miles de kilómetros de infraestructuras críticas y, al mismo tiempo, trasladar las consecuencias del conflicto a la vida cotidiana de los ciudadanos.

En cierto modo, la estrategia recuerda algunos de los principios formulados hace más de dos mil años por Sun Tzu en El arte de la guerra. El estratega chino sostenía que «la suprema excelencia consiste en quebrar la resistencia del enemigo sin combatir» y recomendaba evitar los puntos fuertes del adversario para golpear allí donde fuera más vulnerable. Incapaz de igualar la superioridad rusa en una guerra convencional de desgaste, Kiev parece haber optado precisamente por esa lógica, es decir, convertir una de las mayores fortalezas económicas de Rusia, su gigantesca infraestructura energética, en una vulnerabilidad estratégica.

Las consecuencias ya son visibles mucho más allá del frente. En Anapa, uno de los principales destinos turísticos del mar Negro, las autoridades han movilizado a voluntarios para mantener el orden en las estaciones de servicio. La venta se limita a 20 litros por vehículo y las colas llegan a ocupar centenares de metros durante buena parte del día.

En otras regiones, los surtidores exhiben carteles de «sin combustible» mientras los conductores recorren varias estaciones antes de conseguir repostar. La situación también afecta a Crimea, donde las autoridades prorrusas han reconocido restricciones para determinados tipos de gasolina y problemas de suministro derivados de los ataques contra las refinerías.

La paradoja resulta evidente. Una potencia energética acostumbrada a exportar millones de barriles de petróleo se enfrenta ahora a dificultades para abastecer parte de su propio mercado interno.

La respuesta del Gobierno ruso evidencia que el problema ha dejado de ser una simple incidencia logística. Moscú ha decidido prohibir temporalmente las exportaciones de diésel para priorizar el mercado interno y ha comenzado a importar combustible con el objetivo de aliviar la escasez. La medida llega después de que las exportaciones marítimas de diésel se redujeran de forma significativa como consecuencia de los daños sufridos por varias refinerías.

El propio Putin ha reconocido públicamente que los ataques ucranianos «están creando problemas», aunque insiste en que la situación «no es crítica». Sin embargo, el hecho de que Rusia tenga que restringir exportaciones para garantizar el abastecimiento doméstico constituye una imagen difícil de encajar con la narrativa de fortaleza económica que el Kremlin ha proyectado desde el inicio de la invasión.

La gran incógnita es si estos problemas terminarán convirtiéndose en presión política sobre el Kremlin. La experiencia rusa invita a la prudencia. El control de los medios de comunicación y la capacidad del Estado para presentar cualquier sacrificio como parte del esfuerzo nacional hacen improbable que unas colas en las gasolineras desemboquen por sí solas en una contestación social capaz de alterar el rumbo de la guerra.

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