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Nevaco Global
7 de septiembre de 2026

Europa se equivoca de amigo

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«Las fábricas europeas cierran por la competencia feroz y desleal de un país que sostiene la maquinaria militar rusa. Aun así, el europeo prefiere China a EEUU»

Empresario y fundador de cuatro unicornios tecnológicos. Presidente de Inception Fertility, Overture Life y Gameto. Fundador y CEO de Certuma, empresa de inteligencia artificial clínica. Colaborador habitual de The Objective.

Hay una encuesta de este verano que debería haber ocupado más espacio del que ocupó. El Pew Research Center preguntó a 42.000 personas en 36 países qué opinión tenían de Estados Unidos y de China. En España, el 54% dijo tener buena opinión de China y el 30% de Estados Unidos. El resultado europeo es asombrosamente uniforme: China puntúa por encima de Estados Unidos en todos los países del continente encuestados salvo Polonia. Francia, Alemania, Italia, Países Bajos, España. La misma foto en todos.

¿Cómo se llega hasta ahí? El problema es idéntico a los dos lados del Atlántico y la reacción es opuesta. Estados Unidos tenía el mayor déficit comercial de su historia con China. Washington lo trató como un problema estratégico y actuó en consecuencia: aranceles apilados que dejan el tipo efectivo medio sobre los bienes chinos en torno al 33%, controles de exportación de semiconductores, restricciones de inversión y un discurso que llama rival al rival. Los resultados están en las cifras oficiales del representante de comercio: el déficit estadounidense de bienes con China cayó a 202.700 millones de dólares en 2025, un 31,8% menos que el año anterior, con las importaciones chinas desplomándose casi un 30%. En el mismo periodo, el déficit europeo con China creció un 15%.

Buena parte de ese comercio no ha vuelto a fábricas americanas: se ha desviado a Vietnam, Taiwán o México, y el déficit total de Estados Unidos con el mundo apenas se movió. Los aranceles encarecen la vida del consumidor americano y tienen críticos serios entre economistas que no son sospechosos de simpatías chinas. Todo eso es cierto. Lo que no cambia es la dirección: una capital ha decidido que tiene un rival y se comporta como tal, con aciertos y con errores. La otra publica comunicados, encarga informes y va hacia el suicidio industrial con una sonrisa en la cara y encuestas favorables al que la está desplazando.

Según Eurostat, en 2025 la Unión Europea vendió a China 199.600 millones de euros en bienes e importó 559.400. El déficit alcanzó los 359.800 millones, un 15% más que el año anterior. Las exportaciones europeas cayeron un 6,5% mientras las importaciones chinas subían un 6,4%. Cerca de mil millones de euros diarios en contra, el doble que antes de la pandemia.

En el automóvil, que es el corazón industrial del continente y la mayor fuente de empleo cualificado que le queda, el desplazamiento va a una velocidad que la política todavía no ha asimilado. Las marcas chinas han pasado del 0,5% del mercado europeo en 2021 al 9,5% en el primer semestre de 2026. Uno de cada diez coches nuevos matriculados en Europa. Hay analistas que proyectan un 30% a medio plazo. En sentido contrario, los datos de ACEA, la patronal europea del sector, muestran que las exportaciones europeas de coches a China se hundieron un 43% en un solo semestre. Alemania perdió 143.000 empleos industriales en 2025.

El resumen de 20 años cabe en dos cifras. En 2005, la Unión Europea producía el 24% de la manufactura mundial y China el 9%. En 2025, China produce el 27% y Europa el 17%. Detrás de esas cifras hay tres cosas y ninguna es misteriosa.

La primera son las horas. El empleado chino medio trabajó 48,2 horas semanales en junio de este año, según la Oficina Nacional de Estadística china. El europeo trabaja 36, según Eurostat, y el alemán 33,9. Una jornada un tercio más larga, seis días por semana en buena parte de la industria, con la misma máquina alemana comprada al mismo proveedor alemán.

La segunda es la energía. La electricidad para uso industrial costaba en la Unión Europea 18,4 céntimos de euro por kilovatio hora en la segunda mitad de 2025, y 22,6 céntimos en Alemania. La tarifa industrial media china ronda los ocho céntimos de euro. La mitad, y en algunos casos un tercio. En una acería, una planta de aluminio, una fábrica de vidrio o una química de base, la factura eléctrica decide quién existe y quién echa el cierre.

La tercera es la asimetría del acceso. China controla lo que entra en su mercado mediante compras públicas reservadas, exigencias de socio local, homologaciones interminables y controles de exportación que aparecen y desaparecen según convenga. Y vende hacia fuera muy por debajo de coste. La OCDE ha documentado que las compañías chinas recibieron entre tres y ocho veces más subvenciones que sus competidoras occidentales entre 2005 y 2024, y que alrededor de un tercio de las industriales chinas opera en pérdidas. Sobreviven porque alguien las sostiene. Ese alguien tiene un objetivo, y el objetivo es el mercado que usted y yo pisamos cada mañana. El empresario europeo compite contra un Estado que le pone a su rival la energía a mitad de precio, le financia las pérdidas, le protege el mercado interior y le abre el nuestro.

Europa tiene una guerra en su frontera oriental y esa guerra la mantiene China. Lo dice la Comisión Europea en sus propios comunicados sobre las sanciones: China es el mayor proveedor de bienes de doble uso y material sensible que sostienen la base industrial militar rusa y que aparecen en el campo de batalla ucraniano. Sin ese apoyo, escribe Bruselas literalmente, Rusia no podría continuar su agresión con la misma fuerza.

El vigesimoprimer paquete de sanciones europeo incluyó a 14 empresas chinas y hongkonesas por abastecer a la industria militar rusa. Pekín respondió al día siguiente prohibiendo la venta de componentes electrónicos, programas informáticos, tecnología de fabricación de chips y tierras raras a empresas de defensa europeas. Represalia inmediata, dirigida a la capacidad de Europa para armarse. Bruselas señala a catorce empresas por armar indirectamente a Rusia y Pekín contesta desarmando directamente a Europa.

A los componentes hay que sumarles la caja. El seguimiento mensual del Centre for Research on Energy and Clean Air sitúa a China como el mayor comprador mundial de combustibles fósiles rusos, con el 40% del valor total y 5.700 millones de euros en un solo mes. El petróleo y el gas aportan entre el 30% y el 50% de los ingresos del presupuesto federal ruso. Pekín llena la hucha con la que Moscú paga los drones y después vende los componentes con los que se fabrican.

Ese mismo informe recuerda que la Unión Europea seguía siendo el mayor comprador de gas licuado ruso, con la mitad de sus exportaciones, y que lleva gastados unos 214.000 millones de euros en combustibles fósiles rusos desde 2022. Europa también financia la guerra que dice combatir, y eso explica buena parte de su afonía a la hora de señalar a Pekín.

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