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Nevaco Global
23 de agosto de 2026

La pelea cultural a la contra de Paula Fraga

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La abogada y periodista defiende la necesidad de enfrentarse a la realidad sin estar atrapados en un 'pack' ideológico

Ser feminista y corajuda es algo que se sigue pagando hoy en día. Desde la derecha, al feminismo heterodoxo se lo acusa de matriarcal, hembrista (sea lo que sea esto) y poco menos que de orquestar una dictadura de la progesterona. Desde la izquierda, se lo tiene por conservador, rojipardo, nacionalista fascio con vocación racistoide y xenófoba.

Paula Fraga (Lugo, 1988) se ha convertido en adalid de este feminismo, de esta izquierda comunitarista que podrá gustar más, menos o nada de nada, pero que abre vías de debate alternativas al maniqueísmo voxero o monclovita actual. Abogada especialista en Derecho Penal, de familia y protección a la infancia, periodista y escritora, su acento gallego revolotea con firmes aguijonazos en medios de comunicación nacionales, escritos y televisivos, zurrando la badana y capeando temporales a la par.

Es dura, la piel de Paula, como lo son los nudillos y tibias de un kickboxer, que de tanto dar y recibir golpes acaba convertido poco menos que en una tortuga ninja. Así, esta Jean-Claude Van Damme, contraria al dogmatismo y los packs ideológicos, se reconoce admiradora de Simone Weil y su obra El arraigo: preludio a una declaración de deberes para con los seres humanos, así como de Tras la virtud, de Alasdair MacIntyre. No se vaya a pensar nadie que no hay método en su discurso. La crisis ceutí le toca de cerca. Son muchas las coincidencias entre las luchas particulares que lleva años batallando y este sinsentido deshumanizante —por tantos frentes— que vivimos.

Pregunta.- ¿En qué corriente filosófico-política te encuadrarías?

Respuesta-. Pues yo diría que me adscribo a tesis filosóficas comunitaristas influidas por el marxismo. Ahora, soy muy heterodoxa. Detesto profundamente los packs ideológicos. Creo que son uno de los grandes problemas que tenemos actualmente a nivel político-mediático, porque tratan de enmarcarte en una posición muy fija y cerrada. De izquierdas o de derechas, progresismo o conservadurismo. Son etiquetas que cada vez explican menos la realidad y que están vacías de contenido. Vengo de la tradición marxista y entiendo el análisis dialéctico-materialista como una herramienta filosófica de análisis muy válida, pero hasta ahí; luego no pretendo dar soluciones ni respuestas cerradas desde un marco concreto. Me muevo un poco en esas posiciones comunitaristas, soberanistas, de defensa de la comunidad y de la patria.

P-. La globalización y la posmodernidad actual han cambiado mucho los paradigmas de la izquierda, cayendo en ese progresismo del que hablas. ¿Cómo ves el sistema actual en líneas generales?

R-.  Ese progresismo cosmopolita es ahora mismo la superestructura que legitima y da cobertura al orden socioeconómico neoliberal y capitalista en el que estamos. Por tanto, hay que ir a la crítica radical de ese orden socioeconómico, ver de qué forma se está legitimando para aportar algo más profundo que los debates superficiales en los que pretenden centrarnos. Lo vimos claramente durante la etapa del progresismo woke más desvirtuado. Mientras estábamos discutiendo sobre cuotas de representación y cuestiones similares, se abandonaban las cuestiones materiales e importantes de la clase trabajadora. Seguimos un poco en esa inercia. Debemos centrar el debate y entender que el deber de las personas que somos socialistas, comunitaristas o marxistas es desenmascarar todas esas narrativas para volver a atender lo verdaderamente importante.

P-. Frente a quienes teorizan sobre la política desde el burladero, tú te enfrentas a la realidad a diario ejerciendo como abogada. ¿Cómo influye eso en tu visión?

R-. Quizás sea una postura polémica, pero yo prohibiría tajantemente que puedan gobernar o tener responsabilidades políticas aquellas personas que no se hayan enfrentado previamente a la realidad material, al mercado laboral y a la calle; personas que llevan desde la adolescencia militando en un partido sin saber lo que es buscarse la vida todos los días ni a lo que se enfrentan los trabajadores. Como abogada penalista y especialista en derecho de familia, llevo muchísimos casos de agresiones sexuales, violencia de género y violencia sexual. Yo me dedico a contrastar la realidad dura que veo en los juzgados y con las víctimas con lo que proclama ese feminismo institucional de postín. A esa elite se le llena la boca de feminismo mientras desprotege y desampara en la práctica a las mujeres, a los niños y a las niñas, tanto con sus leyes como con la falta flagrante de medios en la Administración de Justicia. Esto lo hacen a izquierda y a derecha, pero es especialmente sangrante cuando lo comete quien abandera el discurso de los derechos de las mujeres. A muchas ministras y exministras de Igualdad las invitaría a venirse un par de días conmigo al juzgado para que entiendan de qué están hablando.

«A las ministras y exministras de Igualdad las invitaría a venirse conmigo al juzgado para que entiendan de qué están hablando»

P-. Si aceptaran esa invitación y te acompañasen un día cualquiera al juzgado, ¿qué es lo que verían?

R-. Se enfrentarían a cosas grotescas, propias de una Administración de Justicia tercermundista. Por ejemplo, en un procedimiento por abusos sexuales a menores, se encontrarían con que el niño o la niña necesita ser escuchado por un psicólogo forense en un entorno de confianza, requiriendo un seguimiento y varias visitas para poder elaborar un informe riguroso que le permita hablar. En su lugar, el forense —y no es culpa suya, sino del colapso del sistema— tiene que despachar al menor en media horita. En media hora un niño no coge confianza para contar nada, y de ahí salen informes como churros concluyendo que «aquí no ha pasado nada». Verían a abogadas teniendo que pedir por favor un biombo para que una mujer violada no se cruce de frente con su agresor en el pasillo. Es absolutamente vergonzoso cómo está la Justicia en este país.

P-. Choca mucho la distancia que hay entre las grandiosas promesas políticas y la realidad material.

R-. Es que al final a las personas nos definen nuestros hechos y no nuestras palabras. Se pueden llenar la boca de feminismo y protección a la infancia, pero si los hechos no acompañan, es puro cinismo. Tenemos un sistema de protección de menores absolutamente roto y desbordado. Los trabajadores sociales llevan años pidiendo un ratio mucho menor para atender a los menores tutelados, mientras conocemos casos terribles en distintas comunidades autónomas de niñas tuteladas que terminan prostituidas. Es de un cinismo absoluto hablar de protección a la infancia mientras ejerces una violencia institucional por omisión.

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