Durante décadas, América Latina ha sido descrita como una región de oportunidades. Sin embargo, la expresión se ha repetido tanto que terminó perdiendo significado; porque sí tenemos recursos, capacidad productiva y una posición geográfica privilegiada, pero seguimos hablando de potencial, mientras que otras regiones de crecimiento, influencia y poder de negociación.
Y es en ese marco que la CEPAL presentó este martes un informe que parte de una realidad difícil de ignorar, a saber, que a nivel global la eficiencia económica ha cedido terreno frente a la seguridad nacional; el multilateralismo se debilita; Estados Unidos y China compiten por mercados, tecnología y recursos; y las alianzas internacionales son cada vez más flexibles, selectivas y temporales.
En ese contexto, según el informe, América Latina no carece de cartas. La región concentra 46% de las reservas mundiales de litio, 35% de las de cobre, 28% de las de grafito y 23% de las tierras raras. Es la principal exportadora neta de alimentos del mundo, alberga casi la mitad de la biodiversidad terrestre y cuenta con ⅓ parte del agua dulce del planeta. Además, tiene la matriz eléctrica más limpia del mundo, al tiempo de un mercado de más de 660 millones de personas.
Sin duda son activos que hoy valen más que hace algunos años. El litio y el cobre son indispensables para la transición energética; los alimentos adquieren mayor importancia frente a la fragmentación comercial; y la energía limpia puede definir la ubicación de nuevas inversiones industriales.
El problema es que tener recursos no equivale a tener una estrategia. El comercio entre los países de la región representa apenas 14% de sus exportaciones. Las diferencias políticas paralizan los mecanismos de integración y la cooperación suele depender de afinidades ideológicas que cambian en cada ciclo electoral. Mientras las grandes potencias diseñan políticas de largo plazo, América Latina continúa discutiendo si debe alinearse con Washington, acercarse a Beijing o intentar mantenerse al margen.
En ese sentido, la alternativa planteada por la Cepal es más pragmática. No se trata de elegir permanentemente entre uno u otro, sino de construir alianzas distintas según cada tema. Tampoco se requiere que todos los gobiernos estén de acuerdo. Bastaría con formar coaliciones entre los países dispuestos a avanzar en proyectos concretos, con plazos, responsabilidades y objetivos medibles.
Para México, esta discusión resulta especialmente relevante, sobre todo porque la región concentra buena parte de los recursos que el mundo demandará durante las próximas décadas. Lo que aún falta son instituciones sólidas, acuerdos duraderos y una visión compartida que permita convertir esa riqueza en desarrollo.
Frente a tales consideraciones, me parece que la oportunidad existe, sólo que no será permanente. Por ello, es importante recordar que en geopolítica, al igual que en economía, la inacción también implica tomar una decisión. Y, casi siempre, sus beneficios terminan en manos de otros.