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Nevaco Global
1 de agosto de 2026

El verdugo y su soga

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El gobierno de Estados Unidos «nos condena a una guerra despiadada y sin cuartel», afirmó este miércoles ante la Asamblea Nacional el Canciller cubano

Para los cubanos de las últimas generaciones, el bloqueo pareciese, más que una palabra o una acción ilegal en nuestro caso, una enfermedad o una predisposición económico-social que condiciona el resto de nuestras vidas, sin importar sexo, religión, profesión, e incluso, el país donde se elija vivir.

El bloqueo te persigue como una sombra, aun en presencia de luz –algo que los hacedores del concepto en cuestión también se han empeñado en arrebatarnos o en imponernos, si se trata de oscuridad.

Por el tiempo que pesa sobre los hijos de esta tierra antillana y por sus efectos directos en el corazón de la sociedad, pareciera una política arcaica, tan añeja casi como los cavernícolas. Por cotidiana hay quien ha llegado a no «verla». Si fuese por las falacias continuas de sus autores y continuadores, no existiría, como alegan.

Más de medio año sin que entre petróleo al país es obra de quién, me pregunto. La madre que ve a su pequeño apagarse a la par que las baterías de los equipos que lo sostienen con vida, ¿a quién responsabiliza? La anciana con bastón que carga en sus hombros las noches bajo las brasas del verano caribeño, para llegar a cobrar su retiro y encontrarse con un «apagón», ¿a quién sentaría en el banquillo de los acusados?

¿Quién –inquiero otra vez– firma las actas del aumento de las tasas de mortalidad infantil y por enfermedades no transmisibles, cuyos pacientes podrían ser tratados si se tuviesen los medicamentos y las tecnologías necesarias? ¿Contra quién lucha el trabajador que luego de lidiar con sus labores y las situaciones de transporte, llega a «inventar» cómo apañarse con las tareas hogareñas, con «restricciones de abasto de agua» y «la basura que no logra recogerse»?

¿Acaso puede ser terrorista un pueblo que insiste en sobreponerse al castigo colectivo que representa el bloqueo?

Tales cuestionamientos conducen todos a una misma respuesta. Ya se ha dicho y lo reiteró este miércoles el miembro del Buró Político y ministro de Relaciones Exteriores, Bruno Rodríguez Parrilla, ante la Asamblea Nacional del Poder Popular, el gobierno de Estados Unidos «nos condena a una guerra despiadada y sin cuartel. Son la reencarnación de Valeriano Weyler, y aquel holocausto del siglo xix; y de Lester Mallory, diseñador de la política de provocar sufrimiento, desesperación y el derrocamiento del gobierno».

Y agregó: «La meta real y la inclinación verdadera del gobierno de los Estados Unidos no se manifiestan por vía del diálogo o la diplomacia, ni tampoco por el ofrecimiento de ayuda, sino por medio de la coerción y el empeño de provocar el mayor castigo posible al pueblo cubano para conseguir su rendición.

«Cuba no es una amenaza para Estados Unidos, ni desea ser su adversario o un enemigo. Nuestra vocación es de paz».

Aun conociendo que el mayor daño lo sufre el pueblo de la Isla, los autores de las órdenes ejecutivas con las que aprietan al máximo los herrajes del bloqueo, los anfitriones de una Cumbre macartista y firmantes, por demás, de un informe que coloca a Cuba como un peligro para la seguridad nacional de ee. uu. y del mundo, persisten en su intento despiadado de aislar a la Mayor de las Antillas de la comunidad internacional. Y no tienen reparos tampoco en acusar de terrorista también a todo aquel que nos tienda su mano solidaria.

Demuestran continuamente, ha dicho el Canciller, «su capacidad relativa y temporal de imponer su voluntad a diversos gobiernos, por encima de las prerrogativas soberanas y constitucionales de estos, mediante la intimidación, la coerción y, muy específicamente, la utilización de medidas coercitivas unilaterales y de aranceles comerciales punitivos».

Que los tiempos asfixiantes que atravesamos no nos hagan olvidar al gigante con botas de siete leguas, que nos quiere usar como su patio trasero, sí, ese donde se guardan «los trastes», y que casi no limpiamos, porque no es apto para vivir.

Nuestros asuntos los ordenamos puertas adentro, como todas las familias. No hace falta que venga el vecino a «bombardear» para resolver. Dejen de imponernos el bloqueo como condición inherente al nacer, solo por ser cubanos. Quien coloca la soga al cuello no puede decir públicamente que nos sostiene la silla en la horca. El mundo puede verlos. ¿Lo saben? Si de verdad nos quieren vivos, ¿por qué nos tensan la soga?

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